sábado, 14 de julio de 2018
Miedo 666
El
guardián del bosque
En medio de un bosque grande y
sombrío
Inundado por una niebla encantada, donde
No se oyen los cantares de las aves, se encuentra
La casa abandonada.
Las hiedras trepan por sus paredes agrietadas, y
Cuelgan sobre el techo como serpientes encumbradas
Al asecho.
Al decender la noche sobre aquel bosque lúgubre
Su niebla tétrica crece hasta que todo lo cubre, y
De la casa abandonada, surge un fantasma de silenciosas
Pisadas. Recorre lentamente los senderos, mirando todo
Con sus cuencas sin ojos, es la imagen de un esqueleto,
De lo que fue un hombre solo sus despojos.
Deambula por el bosque hasta la madrugada,
Luego vuelve a la casa abandonada, que no abandona.
Inundado por una niebla encantada, donde
No se oyen los cantares de las aves, se encuentra
La casa abandonada.
Las hiedras trepan por sus paredes agrietadas, y
Cuelgan sobre el techo como serpientes encumbradas
Al asecho.
Al decender la noche sobre aquel bosque lúgubre
Su niebla tétrica crece hasta que todo lo cubre, y
De la casa abandonada, surge un fantasma de silenciosas
Pisadas. Recorre lentamente los senderos, mirando todo
Con sus cuencas sin ojos, es la imagen de un esqueleto,
De lo que fue un hombre solo sus despojos.
Deambula por el bosque hasta la madrugada,
Luego vuelve a la casa abandonada, que no abandona.
La Quemada
Otra historia trágica de amor. La protagonista esta vez es una joven llamada Beatriz., hija de un rico español llamado Gonzalo Espinosa de Guevara. Se dice que la chica era muy bella y tenía miles de pretendientes; uno de ellos era un noble italiano, Martín de Seópolli, quien estaba tan enamorado de ella que mandó matar a todo hombre que se le acercara.
Beatriz, acongojada por todas las muertes que su
belleza causaba, decidió llevar a su recámara un brasero encendido
en el que hundió su rostro para desfigurarlo; los gritos alertaron a
la gente que corrió a ayudarle sin poder hacer algo al respecto.
Martín, al enterarse de lo que había hecho la joven, le confesó
que la amaba por quien era en el interior y no sól por su belleza.
Beatriz decidió casarse con él y llevó desde entonces un velo que
le cubría el rostro.
Lola Cubero
Le
valió sólo un instante para darse cuenta de lo hermoso de aquella
noche... dirigió su mirada hacia la Luna y suspiró... empezó a
escuchar la melodía del viento, y su alma comenzó a bailar mientras
gozaba del dulce y oscuro hechizo de las sombras..
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