miércoles, 24 de marzo de 2021

Rafael Caro

 

 VAR

Todos los lentes de cada una de las doce cámaras bajo la supervisión del joven Dyon se habían encendido. Sin necesidad de verlos, Dyon asumió que sus compañeros estarían haciendo lo mismo que él desde sus salas de operación de video, todos ellos con sus respectivos aparatos ubicados con precisión estratégica para captar la superficie del césped sintético en su totalidad.
-Revisando cámaras uno, dos, tres…-sonó una voz en los auriculares de cada operador de video en el estadio.
Los dos ojos y los diez dedos de las manos de Dyon obedecieron, manipulando el teclado que movía los lentes ópticos. Decenas de dedos y varios pares de ojos de sus colegas ejecutaron el mismo procedimiento. Aislados dentro de sus cabinas, ninguno de los operadores del VAR alcanzaron a escuchar el coro de fanáticos de aquellos quienes arengaban en su lengua de origen a sus respectivos equipos.
Nueve minutos después de que cada equipo entonara su himno nacional, el árbitro dibujó un rectángulo en el aire con sus dedos índices. Era el momento que Dyon había esperado. Una jugada dudosa se produjo en el sector que cubren las cámaras bajo su mando. Retrocedió hasta el minuto ocho y cincuenta segundos de iniciado el partido. Retransmitió el fragmento de tiempo congelado en bytes hasta la pantalla del árbitro en el costado lateral de la cancha.
En el zoom hacia la pelota, en el interior de la multitud borrosa, lo distrajo una anomalía durante un milisegundo. A Dyon siempre le habían llamado la atención los rostros extremadamente agraciados o espantosos. Los extremos del resultado del azar de los dados genéticos en la especie humana lo cautivaban sin saber por qué. Nada pasaba más desapercibido que el término medio.
Procedió a reiniciar la grabación tan lentamente que los segundos que acompañaban el movimiento de la jugada se estiraron a desdén de la estructura del espacio para la inspección concienzuda del árbitro. Los fanáticos observaban en las pantallas monumentales en el no menos monumental estadio, así como millones de televidentes alrededor del planeta Tierra.
        Una tarjeta amarilla se levantó, inmisericordiosa, en dirección a los cúmulos nimbos, los cuales estaban siendo desgarrados en las alturas por leves ráfagas provenientes del sector sudoeste a diez kilómetros por hora.
        El resto de la contienda no requirió de la intervención de Dyon. A pesar de eso, él mantuvo su concentración hasta que el árbitro hizo sonar el silbato, inaudible para todos los controladores del VAR.
       -El primer tiempo ha terminado-les indicó la voz en los auriculares.  
      Quedaban noventa minutos para la finalización de la contienda deportiva. Sin embargo, Dyon no pensaba en ello sino en la cara de un anónimo espectador entre miles; un desconocido que no sobresalía por algo en particular pero había algo perturbador en esos rasgos anodinos. En esa cara simple y redonda, ojos oscuros, boca de labios finos y pálidos de cabello entrecano y peinado hacia atrás.
             En esta final, una isla tan grande como un continente y refugio de marsupiales se enfrentaba a la gente de la tierra de las sabanas, pobladas de enormes felinos cazadores de rumiantes que allí pastaban en manadas.
           -Revisión de cámaras uno, dos, tres…- el ejército de cámaras, dócil, se enfocó hacia la cancha.
          Dyon, hizo un paneo al sector G, fila 2, asiento 35. Allí estaba el hombre. En el mismo lugar. Pero muchos fanáticos sacaban entradas para todos los partidos que se llevaban a cabo durante ese mes. No tenía nada de extraño, después de todo.
 Durante el intervalo entre el primer y el segundo tiempo, Dyon buscó en los archivos grabados de todos los mundiales. Retrocedió ocho años, misma ubicación en las gradas y ahí estaba él. Dieciséis años hacia el pasado. Él seguía allí. Cada Mundial de fútbol hasta el primero de ellos, con cámaras de pobre resolución y en blanco y negro. Dyon aumentó el cuadro del sitio exacto y lo vio de nuevo. Borroso, en tonos de grises pero no había dudas. Se trataba de la misma persona quien ocupaba su asiento con escalofriante certeza. Podría ser el caso de una familia que heredara la pasión por el fútbol de padre a hijo y por pura tradición se hubieran decidido a ocupar la misma butaca cada vez. O por un impedimento económico viajaría sólo uno de ellos en cada ocasión. Ya fuera por los altos costos que suponían trasladarse a otro país, tal vez uno solo de ellos podría viajar…o por cábala. Si Dyon se entregaba a teorías más audaces, el hombre podría ser un viajero del tiempo. ¿Qué necesidad tendría para llegar desde una lejana centuria del futuro para ver un partido de fútbol? razonó Dyon.  Quizás los Mundiales caerían en el olvido dentro de varias décadas. Analicemos la situación: si el sujeto viajara  por razones siniestras, tuvo un siglo para haberlas concretado- pensó Dyon. ¿O esperaba alguna orden de aquellos quienes lo habían enviado?
No había nada ilegal en asistir a todos los Mundiales, así que la posibilidad de alertar a la gente de seguridad era un despropósito. Si Dyon quería descubrir algo, debería hacerlo por su cuenta, sin decírselo a nadie. La segunda parte del partido se acercaba. La ventana de tiempo se cerraría hasta dentro de cuatro años.  Tuvo una idea.
Mientras todos pugnaban por estar dentro, él tenía un plan para salir. Entonces, al inicio el segundo tiempo, Dyon le habló a la voz de los auriculares por su micrófono:
-Siento un dolor en el estómago. Necesito que me reemplacen…sí, debo retirarme.
La voz del micrófono impartió órdenes de acuerdo al protocolo establecido para estos casos. El reemplazo entró enseguida a la cabina de control acompañado de un enfermero. Lo trasladaron a la sala de primeros auxilios. Luego de tomarle los signos vitales, se lo dejó ir con unos antiácidos en el bolsillo y la recomendación de hacer reposo por un par de días.
Dyon se adentró por los pasillos del estadio a través de la inmensa estructura ovoide que había visto tantas veces desde su puesto de observación. La docena de cámaras bajo su mando le habían mostrado el estadio en segundos pero recorrerlo a pie implicaba una demora que no había previsto. Dyon subió, bajó escaleras internas, galerías y túneles. Al fin: el sector G, fila 2, asiento 35. Nunca había visto el lugar desde esta posición. Solo  podía divisar la nuca del hombre. Tenía que aguardar un poco más.
Los coterráneos de la isla-continente se abrazaban, llevando en andas a su capitán quien, a su vez, levantaba la copa hacia la tribuna con los colores de su patria.
A Dyon no le interesaba ver el espectáculo de cierre. Se apoyó contra una columna, observó pasar a las personas. Se sintió como un vulgar acosador pero se dijo a sí mismo que no lo era. Se dio cuenta de que quizá todos los acosadores no se percibían a ellos mismos como tales.
El viajero del tiempo pasó cerca de él. No se veía para nada amenazante en su metro sesenta y pocos centímetros. Llevaba un atuendo compuesto por una aburrida camisa gris y pantalones del mismo color. Aun si el viajero se hubiera hallado solo, se habría mimetizado con las paredes de hormigón. Daba la impresión de no querer que su corporeidad tuviera influencia ni dejara la mínima huella en aquella realidad.
Dyon procuró no perderlo de vista, en medio de las personas que caminaban en busca de las salidas. A una distancia, a medias entre la lejanía para no ser advertido y la cercanía que le permitiera seguirlo, a Dyon se le ocurrió algo lo suficientemente pavorosa como para ser cierta: Quizás había terminado su misión-sea cual fuere- y se limitaría a desvanecerse al regresar a su época. Tal vez ya había visto lo que debía ver o recogido la información que necesitaba, aunque si ya había visitado este lugar, el sujeto ya había podido ver todo lo que había ocurrido. Entonces se escabulliría de cualquier curioso. O, de ser necesario exterminaría a su eventual perseguidor si considerara que éste podía constituir una amenaza. Bien podría llevar consigo una clase de arma, invisible a los sistemas de detección actuales, pero de enorme potencial de destrucción. Sin duda, ello le hubiera resultado tan sencillo como a un habitante de este siglo introducir un diminuto paralizador eléctrico con su carga de miles de voltios, oculto entre los pliegues de su túnica, al interior de un zigurat en la antigua Mesopotamia.
No importaba, estaba dispuesto a arriesgarse para conocer la verdad. El hombre del que emanaba una imperceptibilidad forzada y ¿forzosa? Un barrio de los suburbios con casas iguales a tantas representaba el punto de destino del sujeto desconocido. Cuando su perseguido abría la puerta, Dyon lo detuvo con un  “buenas tardes” que procuró emitir con un tono que sonara temerario pero amable. El hombrecito giró con la mirada extrañada de quien despierta de una siesta.
-Buenas tardes, muchacho-dijo el hombre pequeño.- ¿En qué puedo ayudarlo?
-Mi nombre es Dyon, trabajo como asistente virtual de árbitro, tengo algunas preguntas para usted.
-En verdad, éste no es el mejor momento…
-Sé quién es usted-lo interrumpió Dyon. –O mejor dicho, sé que ha estado yendo a cada Mundial de fútbol desde el primero de ellos en 1930. Y ya han pasado casi doscientos años desde entonces.
-Ah, eso-susurró el desconocido con una resignación cansada-, en ese caso será mejor que pase.

 


Dyon observó el escaso mobiliario: un par de sillas, una mesa y una pequeña heladera de donde el dueño de casa tomó una jarra de vidrio; invitó a su visitante a tomar asiento y, tras servir un vaso de limonada a su huésped, comenzó:
-En el fondo, siempre supuse que alguien daría conmigo, y ese momento ha llegado hoy. Dígame, Dyon ¿Conoce usted el concepto de OOPArt?
-Nunca lo había escuchado antes.
-Se trata del acrónimo en inglés para “artefacto fuera de lugar”; como los jeroglíficos de Abidos en Egipto, del siglo dos a.C., en los cuales se aprecian helicópteros y una nave espacial. Objetos que no corresponden con el avance tecnológico de esas civilizaciones.
-¿Quiere decir que usted es un OOPart viviente?
-Yo sería algo a medio camino entre un OOPArt y el celacanto, un pez que se creía extinguido desde el cretácico pero fue descubierto en los mares cálidos de la actualidad por los criptozoólogos-sorbió un trago de limonada y prosiguió-. Verá usted, en 1930 con casi cincuenta años encima y un doctorado en biología, descubrí una sustancia llamada adenosina. Esta sustancia está presente en mamíferos como los osos y se produce durante su hibernación; retrasa sus funciones fisiológicas al mínimo. Conseguí modificarla para poder usarla en humanos. Durante el sueño inducido por mi droga sintética llamada antropoadenosina, el corazón humano reduce sus setenta latidos por minuto a uno solo.
-Y usted ha sido su propio sujeto de experimentación desde…
-…desde que finalizó el primer mundial en Uruguay en el año 1930. Fue entonces que decidí inyectarme la antropoadenosina suficiente como para despertar dentro de cuatro años. Su aplicación no requiere equipamiento más complejo que para un paciente que recibe suero. La dosis requerida es tan pequeña que el mínimo goteo basta para atravesar un período de cuatro años como si hubiera transcurrido un día para mi organismo. Es una forma unidireccional de viajar en el tiempo, sólo puedo avanzar hacia el futuro. Lamento arruinarle su idea romántica y glamorosa sobre mis capacidades de atravesar el espacio-tiempo a voluntad.
-¿Por qué cada cuatro años? ¿Por qué no dormir durante un siglo o por todo un milenio?
-Sencillo. No me interesa nada del futuro. Solamente me gustan los mundiales de fútbol.
Dyon no esperaba tal respuesta. Al notar su confusión, el anciano explicó:
-Considere esto, joven: no hay otro espectáculo deportivo donde se enfrenten-de modo pacífico- facciones rivales provenientes de ambientes selváticos, donde la vegetación bebe cada gota que se precipita hasta ella con avidez continua. Otros, envían a sus futbolistas desde zonas que jamás vieron caer la lluvia. También buscan la Copa los países de fiordos helados, erosionados durante eones por ráfagas de salitre. Muchos regresarán sin haber podido llevar la gloria a sus lugares de origen pero conservan la esperanza de lograrlo la próxima vez ¿No es un concepto maravilloso? No se me ocurre una mejor metáfora de la vida.
-¿Pero qué pasa si el equipo que usted alienta pierde?
-Ah, muchacho ¡Eso es lo de menos!
Dyon abrió la boca para replicar, al no encontrar argumentos lógicos siguió en silencio. El celacanto humano continuó:
-Lo más difícil fue conseguir el dinero para viajar al país anfitrión de cada mundial y comprar las entradas de todos los partidos. Vendí todo lo que poseía y compré tablillas de oro cuyos intereses en el Banco me alcanzan y sobran para afrontar los costos de pasajes en avión, estadía y entradas. Al no tener gastos durante mi letargo autoinducido….no necesito mucho dinero. Además, envejezco a un ritmo de un mes cuando me despierto, cada cuatro años.
-Podría dar a conocer el descubrimiento de la antropoadenosina al mundo.
-¿Bah, con qué objeto? ¿Alargarle la vida a millonarios y dictadores? ¡Jamás!
-Créame, si yo pude descubrirlo, otros lo harán. Le quitarán su hallazgo, de forma violenta, si usted se rehúsa a entregárselos. Piénselo.
El hombrecito lo pensó. Tras evaluarlo un buen rato, suspiró:
-Tiene usted razón ¿Cómo puedo prevenirme de semejante situación?
-Cambie su aspecto cada cuatro años. No recurra a barbas postizas ni pelucas porque la seguridad del estadio podría hacerle pasar un mal rato. Rápese o déjese crecer de vez en cuando el cabello o la barba; pruebe con tinturas varias, anteojos, ropa de diverso estilo y sobre todo ¡Cambie su lugar de asiento en las gradas!
El biólogo había querido darle las gracias en forma de tablillas de oro por las advertencias y por la promesa de guardar su secreto para siempre. Sin embargo, el joven asistente de video no quiso nada material. Le bastaba haber hecho un nuevo amigo, haber resuelto el enigma y ser su poseedor. Ahora, Dyon se había convertido en la esfinge y Edipo en un solo cuerpo.

Transcurridos varios mundiales, un agotado Dyon de sesenta años, ahora a cargo de todas las cámaras del estadio, daba inicio al nuevo Mundial de fútbol. Los preparativos todavía lo afectaban a pesar de ser un veterano experto.
-Procedan a revisar las cámaras…-susurró Dyon a su micrófono.
-Señor, todo el sistema del VAR ha sido verificado y funciona-. Dijeron las voces de los árbitros asistentes de video.
En la pantalla número dos de la cámara del sector H, fila 12, asiento 22, un sujeto bajito, de cara redonda, pelo largo, gorra y anteojos, miró a la lente de la cámara más próxima, sonrió y formó un rectángulo en el aire con los dedos índices.
Dyon, mucho más animado al reconocer el rostro familiar del biólogo, ordenó:
-Iniciar transmisión… ¡Ya!   



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