martes, 10 de diciembre de 2013

Ana Lucía Montoya Rendón

ENTRE OJOS COMPARTIDOS


foto enviada por H.Perntová
 

 

 


 
Amigo, creo hay vigilias y sueños míos y de muchas otras personas, mezclados en mi mente, aposentados en alguna parte de mis ojos. Quizás sean esas miradas durante las cuales mi vista ha sido impactada por rayos de luz disparados desde muchos otros pares de potentes ojos, capaces de penetrar dentro de los míos. A ver, cómo pudiera decirlo. Sí, es como si esas otras miradas se me metieran y desde mi óptica observaran el entorno, solo que cada uno sigue viendo lo que desea captar y a la vez sumar sus sensaciones al cuadro que está allá, en el fondo de mis ojos, —sí, allá en “las retinas de mis ojos”—, como muy bien dicen los que saben de música, “una pieza tocada a cuatros manos”, solo que este cuadro es una mirada producida por múltiples observadores a través de los ojos de un solo sujeto: los míos. Te preguntarás qué ha ocurrido. Espera, sé paciente como he sido yo para soportar esa intromisión y estar aún, hoy día, sin saber cómo despachar a los intrusos.

Sobre la mesa tenía las pinzas de depilar y el espejo de aumento. De pronto todo se convirtió en reguero de cosas sanguinolentas. Ahora que menciono sangre, ¿recuerdas el olor y el sabor de la sangre? Cuando de niños nos cortábamos, olíamos y probábamos nuestra sangre, sentíamos placer al chupar esa pequeña herida o pinchazo en nuestras manos o en nuestros dedos, lugares donde siempre eran comunes esta clase de accidentes (cuántas acciones primitivas que hacen nos parezcamos a los animales que lamen sus heridas para sanarlas) . Las cosas que hoy estoy  mirando con mis ojos a la vez que con los de otros, me traen ese olor de sangre tibia, magnificado al ver los estertores de algunas de esas partes que aún palpitan expuestas allí, sobre la mesa. Sí, estás impaciente, quieres que avance por una diagonal para llegar lo más rápido posible al final de mi historia. Cálmate, es necesario que detalle el escenario para que puedas meterte en los pormenores de lo que estoy contando. 

Prosigo. Estaba depilándome. El día anterior había percibido un nuevo y diferente vello cerca del lóbulo de la oreja derecha, pelo que parecía mirar descuidadamente un objetivo concreto; sí, tal cual como lo has entendido; parecía en vello con identidad, parecía un sujeto, un individuo con todas las características del ser único, con huellas dactilares propias, vaya uno a saber si en todos los lugares del Universo cada criatura no esté dotada, aunque solo sea de la más primitiva identidad —solo iguales a sí mismos—. No era un vello como los que siempre me había arrancado. Sostenía el depilador en la mano derecha y me miraba en el espejo de diez dioptrías cuando lo descubrí. Alcancé a tasar su longitud de menos de un milímetro asomando por la boca de ese poro. Traté de agarrarlo con la pinza pero cada vez que jalaba sentía que una fuerza quería llevarse hacia adentro el depilador con mano y todo. Hice miles de tentativas, cambié tres veces de pinzas hasta que pude tenerlo fuertemente, así empecé a jalar con todas las fuerzas que me permitía mi debilucha y temblorosa mano. Miraba ese filamento sostenido con el depilador, observaba también el pequeño poro por donde asomaba el vello. Vi cómo iba brotando una materia blanda y cauchuda, como chicle, quizás más blando que un chicle masticado durante muchas horas. De un momento a otro ya no tuve necesidad de ayudarme con instrumento alguno porque del poro empezaron a brotar imparables, el vello y la viscosidad, cayendo sobre la mesa y siguiendo hacia mis pies,  donde fueron  ascendiendo por mis piernas y el resto de mi cuerpo, adhiriéndose fuertemente a él. No preguntes qué sentía, no. No sentía, no vivía, estaba petrificada pero dándome cuenta que no era a mí cuerpo que se enrollaban esa viscosidad y el pelo, sabía yo que era al cuerpo de aquél, aunque pareciera que estuviese ocurriendo en el mío. 


Ambos lo sabíamos, también lo intuían los que miraban a través de mis ojos, aunque la verdad, ya no sé si esto es parte de una mala pasada que me estén haciendo los entrometidos antes mencionados, o alguna persona falta de oficio, o una pócima que me hayan hecho ingerir sin que me diera cuenta. ¡Aguanta, no interrumpas mi relato! Te diré que creo respecto de lo que sentía él. Hay momentos conocidos por los que han vivido alguna vez un vértigo como éste, ellos se identificarán con lo que digo y hasta expresarán circunstancias y sensaciones semejantes tal como si les hubieran ocurrido estos hechos; esto es parecido a la resaca que produce el beber alcohol puro o montar en un carrusel que gira sin parar y no lo detiene nadie, aunque le atraviesen mil palos. 


Así era el sentimiento de angustia que él  me transmitía y que todos estábamos viviendo simultáneamente. Él era la viscosidad, era el vello transformado en largo pelo negro, era también la mirada de los otros y la mía. Sí, estás en lo cierto. Todos los espejos nos regalan imágenes reales porque, las miradas que se hayan inmiscuido en su luna, nos ofrecen un porcentaje muy alto de verdades y concreciones, además de la sumatoria de miles de sucesos que a través de los ojos de tantos que se miraron en él, quedaron archivadas en su vidrio. Esto no ha sido un sueño. No lo sugieras, no lo admito. Calla y sigue escuchándome. 


Lo que te relato es cosa cierta. Sí, dije te dejaría saber cómo es su sentir. Feliz o no, no lo sé. Sí sé que no conoció a qué sabe o huele la congoja y que sabe de otras muchas cosas. Sabe por ejemplo que mantener la atención sobre algún objeto o un hecho cuando el observador no es uno mismo sino muchos dentro de sí, es como estar viviendo miles de días en una sola noche. Esa era su situación, que intento describirte y que intuí cuando empezó el cuento del vello. ¿Qué siente uno cuando su yo integral ha sido desplazado de su sitio central para compartir nicho con infinitud habitantes? Solo sabe que corre peligro, que lo ronda la locura, que una fiebre inmanejable lo hará delirar. Delirio era lo que tenía, también náuseas y mucha sed. Hilos de babas colgaban por las comisuras de su boca. 


Fue sobre la mesa. Allí estaba el espejo de aumento. La luz del sol que entraba por entre las persianas, había disparado un haz de rayos que rebotaron en forma de miles de universos. Allí estamos en este instante, en uno de esos mundos. Tan presentes y tan lejanos. Desde nuestro nuevo sitio divisamos allá, dentro de un ojo muy abierto, el cuerpo de una mujer tendida sobre algún posible génesis de recuerdos y de olvidos. No ha despertado aún. Es en los ojos de todos los que la vemos, donde reside su esencialidad. Es a través de la sensación de nuestra vista que estamos unidos a ella. Es por intermedio del reflejo de la luz sobre el espejo que…  No preguntes más. Calla. Esto es un mundo nuevo, aún no inventamos ni el pasado ni el futuro.

 


Noviembre 2013


Carlos Alejandro Nahas





ANTIGUO VAGON




Alberto era su rutina. Amaba su rutina. Es verdad que su vida no le deparaba demasiadas aventuras, pero además él disfrutaba hacer siempre las mismas cosas. Una y otra vez. Desayunaba antes de llevar a los chicos al colegio. Se bañaba cuando volvía a su casa. Vestido y limpito, le daba un beso a su mujer y se iba al trabajo. Caminaba las dos cuadras que lo separaban del subte y se lo tomaba. Línea “A” decía el cartel azul. Se subía en Plaza Miserere y se bajaba en estación Plaza de Mayo. Luego unía las dos cuadras que lo separaban de su trabajo y durante ocho horas realizaba, desde hacía 20 años, exactamente lo mismo. Cajero de la AFIP, que cuando él empezó se llamaba DGI, tinta y sello. Sello y tinta. Eternas, interminables, iguales y tediosas jornadas. Así eran los días de Alberto.

Su único solaz en esa vida hecha de grises, era el viaje en sí. La ida y la vuelta. Él disfrutaba como nadie esos antiguos vagones de madera, que por extraños designios de la burocracia política, tenían más de ochenta años y funcionaban igual de bien que el primer día. A ningún intendente se le había ocurrido cambiarlos. Tal vez por falta de dinero. Quizás por olvido. A lo mejor por lisa y llana desidia, como tantas cosas que funcionaban bien en Argentina desde hacía ochenta años. Total, para qué cambiarlos si funcionaban.
Asientos de madera en tiras. Pintados de azul oscuro por fuera y todos de madera ocre por dentro. Cuando se llegaba a cada estación había que abrir las puertas manualmente. Más de una vez Alberto se reía íntimamente cuando algún turista desprevenido se quedaba parado frente a las puertas de vidrio y madera esperando el milagro. Él, con su santa paciencia, se les adelantaba y las abría cortésmente. Al empleaducho se le daba por imaginar las cientos y miles de historias que habrían pasado por esos vagones. Del miriñaque a la minifalda. De la levita a los trajes. De las galeras a las binchas. Con chóferes de mangas blancas en los treinta, a los actuales, informales. Sin embargo, desde hacía ochenta años hacían exactamente lo mismo: Movían esa mágica palanca de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Y luego estaban los que tenían una llave mágica: Los que abrían las puertas. Sin la existencia de ellos nadie podría jamás ascender o descender del subte. Linterna en el bolsillo, uniforme, silbato y algunos hasta una especie de walkie talkie. Los había de los más correctos, hasta los más chúcaros. Había uno que se destacaba por sobre los demás: Era el bromista de los lunes, miércoles y viernes. Les decía piropos a las chicas. Alentaba a los cansados. Gritaba a voz en cuello por un buen fin de semana los viernes.
El empleado de la AFIP no tenía una plétora de goces en su miserable y monótona vida. Sólo sabía lo que le gustaba y lo que no. Le gustaba el partido de los domingos, jugar con su hijo más chico a la pelota, hacer el amor con la patrona de vez en cuando. Y le gustaba viajar en esos vetustos vagones. Le encantaba. Para él era una delicia tener que levantar esas ventanillas de vidrio antiguo en invierno, o bajarlas en verano. Tener que “subir” literalmente al subte, porque había un buen espacio entre el borde del andén y los vagones. Agarrarse de los palos pintados de bordó. Mirarse en los cientos de espejos que tenían las formaciones. A Alberto una de las pocas cosas que le gustaban en su vida era viajar en esos subtes. Y punto.
Pero un día, un intendente decidió cambiarlos. Él no sabía nada de la noticia hasta que una mañana quiso subir en su estación diaria y lo frenó un cartel que decía: “Línea “A” cerrada por cambio de vagones”. Alberto sintió que se le venía el mundo abajo. Durante tres largos e interminables meses trocó su mullida rutina por los colectivos de la línea 86. Amén de que el viaje se le hacía más largo, la fauna del colectivo no es la misma que la del subte. El tipo que viaja en colectivo va más liviano por la vida. Tal vez es más pobre, tal vez más suelto. Pero a Alberto se le hacía insoportable su nueva noria diaria. Insoportable la señora gorda con dos changuitos, el viejo con diez mil monedas que atoraba todo el paso, el pibe con el celular y su música a todo trapo. Todo. Todo se le hacía infernal y fuera de lugar. A veces se cruzaba con alguien que creía conocer del subte y las miradas entre cómplices y desanimadas se entreveían. Fueron tres meses de calvario para Alberto. Un sufrimiento sin fin.

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Llegó el día y lo que sus ojos vieron lo dejaron pasmado. De una pieza. Vagones blancos y verdes. Largos. Herméticamente cerrados. Con aire acondicionado y perfume que olorizaba el ambiente. Los asientos de riguroso plástico como todo el coche. Los verdes eran chillones, verdes melón, verdes amazonas, verdes cotorras. Había carteles inteligentes por doquier y una voz grabada de antemano de una locutora almibarada que decía: “Usted está en estación Plaza de Miserere. Combinación con línea hache. Próxima estación, Pasco”. No había un solo espejo. Era como viajar en una caño extremadamente extenso, herméticamente presurizado. Gracias a Dios no tenían música funcional, porque sino eso sí habría sido el acabose. El resto de los pasajeros ingresaron a la formación tan alelados como Alberto. Y mansamente se fueron acomodando hacia el fondo. Era el paso del progreso, impiadoso, cruel, plástico. No dejaron a uno sólo de los viejos vagones de madera. Los mandaron a desguace, a prender fuego de asados pudientes, a adornar casas de antigüedades de San Telmo, a pudrirse bajo las lluvias de agosto.

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Desde hacía varios meses el nuevo jefe de Alberto lo tenía a mal traer. Era habitual que las jornadas de escasas ocho horas se transformasen en diez u once de interminable papeleo. Alberto llamaba a su casa más de una vez a la semana para anunciar su retraso. Otro elemento que ese fatídico año de 2013 le alteraba su cómoda rutina. Salió cerca de las nueve de la noche y se lo tragó la ominosa boca del subte. En la espera y con su cabeza llena de balances lo vio venir: Un viejo vagón, de los de antes, los de madera, los queridos y entrañables descartados. Fue verlo y tirarse de cabeza. Una vez dentro, Alberto vio que los pasajeros de Perú no se bajaban y que lo habían tomado en esa estación para volver directamente desde la terminal hacia sus respectivos destinos.
No serían más de treinta. Alberto se sentó con esas comodidades hechas de centurias y cuando paseó su mirada alrededor lo que vio lo dejó atónito. Los que estaban en ese vagón no eran ni nada más ni nada menos que todos sus compañeros de colegio. Y tal como los recordaba cuando estaban en quinto año. Él se levantó lentamente y fue hacia el espejo más cercano. Y se vio transfigurado. Tenía puesto un abrigado blazer azul, corbata roja y el escudo de su colegio bordado sobre el bolsillo izquierdo. Lentamente se dio vuelta y comenzaron los abrazos, los besos, las chicanas de siempre. El atorrante, el vago, el codón, el traga. Estaban todos. Al arribar a Miserere Alberto se despidió con lágrimas en los ojos. Al llegar al ascensor de su casa el espejo le devolvió a Alberto su aburrida facha de los cuarenta y cinco de siempre. Aspiró lentamente y abrió la puerta de su casa.
Y así, el empleado impositivo cada día demoraba más su partida, para poder tener acceso a esos vagones mágicos. Y tan mal no le fue. Hubo un día en que estaba casi vacío, con tan sólo diez mujeres, que eran sus novias de la adolescencia. Otra vez le tocaron sus compañeros de primaria y llegó a su casa con plastilina entre sus dedos que no supo bien cómo explicar. Lo cierto es que Alberto había abierto una ventana mágica que no pensaba cerrar jamás en su vida.


Buenos Aires en el año 2113 había sido declarado lugar indeseable para la humanidad. Si, así como las Cataratas del Iguazú son Patrimonio Natural de la humanidad, las Ruinas de San Ignacio Patrimonio Cultural, pues bien, Buenos Aires hacía casi cincuenta años que era invisible. 30 millones de personas se hacinaban en sus calles, plagadas de drogadictos y malvivientes. Las clases pudientes se habían mudado al Sur, y la capital de la República estaba en Comodoro Rivadavia. La Argentina hacía ya largos 100 años era un lugar cuasi destruido por sus propios habitantes y como de costumbre seguía en pie gracias a sus pampas generosas.
Los trabajadores municipales estaban desarrollando uno de los tantos corredores aliviadores subterráneos para que los deslizadores tuvieran por donde moverse, ya que las calles y el cielo estaban atestados de aparatos de transporte, ya sea los antiguos de combustión fósil, como los modernos de fisión limpia, de hidrógeno y otros tantos. La cosa fue cuando encontraron la estación Saldías de la antigua Línea “A” del Subterráneo. Era una estación que se había tapiado en los lejanos noventas, y que estaba entre Plaza de Miserere y Alberti. Lo asombroso no fue el descubrimiento de dicha estación, sino lo que contenía: Un vagón de madera de tranvía, de los primeros que tuvo la Argentina y que se usaron para el subterráneo, repleto con cuarenta cuerpos en perfecto estado de conservación, de gente que, según los peritos forenses, sobrepasaba largamente los noventa años de edad. Todos bien vestidos, todos sentados. Fue un shock para la opinión pública de entonces. Nadie explicaba dicho fenómeno. Igual, para preservar la paz social no se publicaron fotos en los holo – periódicos, ni se permitió el ingreso de cámaras de holo – televisión.
Terminados los trabajos de excavación, y mientras la Policía caminaba a través del antiguo túnel buscando la salida, sólo se escuchó la voz de Comisario exclamar estentóreamente con su vozarrón:
-       Y me podés decir de qué mierdas se reían estos viejos chotos. ¡¡Momias de mierda!! ¡¡Todos con una sonrisa en los labios, ché!!

Angel Negro




"Al final siempre es el quien decide"-Luzbel
 


 "The end is always the one who decides"-Luzbel


Lilith 














Tina Reapers-Mistress Ruiz

              TRAVIESO Y OSCURO SALUDO A TODOS!  
             



WICKED HAILZ AND DARK GREETINGS TO YOU ALL!

 


 

Eva Marabotto





Temporada de lluvias 

Entonces llegó la lluvia y con ella los hombres desempolvaron sus odios y exhibieron sus peores mezquindades. No sucedió el primer día, ni el segundo, ni siquiera el decimoctavo. Pero ocurrió en algún punto indefinido de aquel tiempo de niebla y llovizna pertinaz que había sumido a la ciudad en una continuidad de relámpagos y agua que anegaba las calles, se adueñaba de los sótanos y pugnaba por meterse en casas y comercios.



            Así fue como afloró la maldad. Al principio sutilmente, apenas una zancadilla a otro pasajero para lograr el único taxi desocupado de la parada. Luego, de modo desembozado, en una marea humana pugnando por subir al colectivo a los codazos o una violenta esgrima de paraguas en las veredas más angostas. El caso es que la lluvia constante exacerbó el malhumor colectivo y las pasiones no tuvieron freno.



            Cierto que en cada barrio y cada café algún entusiasta del mal tiempo aseguraba que se sentía a las mil maravillas porque adoraba la melancolía del tiempo gris y las vidrieras cuajadas de gotas. Pero los émulos de Gene Kelly dispuestos a cantar bajo la lluvia fueron los menos y más de uno recibió un golpe o unos paraguazos por ofender a los demás con su optimismo exagerado.

            Alguien recordó una época semejante en algún pueblo lejano en la que las lluvias duraron cuatro años, once meses y dos días y cuando terminaron los niños nacieron con cola de cerdo. Pero la mayoría desdeñó esas fantasías producto del ensueño de un colombiano y prefirió confiar en los hombres de ciencia dedicados al tema.

            Los meteorólogos sumidos en el malhumor generalizado rivalizaron entre sí por ver quién tenía el pronóstico más pesimista. Que la Corriente de la Niña y la influencia de la tala de los bosques, generaron una masa de agua interminable, profetizó uno. Otro alegó algo sobre el calentamiento global y auguró una lluvia eterna hasta el fin de los tiempos. El más místico argumentó un castigo de Dios y anunció que aquel aguacero terminaría con la ciudad que quedaría sumida en un océano de barro y desperdicios.

            A ninguno le creyó la ciudadanía, convencida cada atardecer de que sería el último de llovizna y nubes grises. Resignada cada mañana al ver el cielo encapotado y los chaparrones constantes. Después de escuchar el boletín meteorológico o atisbar el otro lado de la ventana, llegaban las discusiones, los gritos y el malhumor.

            Hasta que sucedió lo de aquella muchacha. Vivía en el lado este y había llegado al centro para trabajar. Su paraguas se había roto y por más que buscó en las tiendas no logró ningún elemento para reemplazarlo. Un vendedor misericordioso le contó que paraguas y sombrillas habían desaparecido con las primeras lluvias, y les siguieron los pilotos, las botas y los impermeables, aún lo que ya habían pasado de moda.

            La muchacha se contentó con una bolsa de residuos colocada malamente sobre su cabello negro y lacio. Y así anduvo todo el día, mientras hacía trámites para su jefe, recorría los bancos en los que la gente esperaba en la vereda, bajo el chaparrón, y mordisqueaba su almuerzo mientras recorría los pasillos de un Shopping ya que no podía permitirse sentarse en una de las mesas de los coquetos restaurantes del paseo.

            Al atardecer corrió con la multitud hacia la estación de trenes, entre codazos, pisotones y gritos. Nadie quería ceder el mínimo espacio en la porción de vereda protegida por los toldos de los negocios y los aleros de los edificios. Pero aquella muchacha necesitaba volver a su casa. Estaba cansada y mojada. Había sido un mal día y necesitaba el abrazo de su novio.

            Decidió cruzar por la mitad de cuadra para acortar distancias y llegar antes a la estación de trenes. El pavimento estaba resbaladizo y la lluvia empapaba su ropa y su pelo, aún debajo de la bolsa que llevaba por todo abrigo. No le importó ver que en la esquina el semáforo peatonal titilaba. Se lanzó a la carrera envuelta en la llovizna y la bruma de una tarde gris.

            El chofer del auto último modelo que llegaba por Caseros miró con cuidado en la esquina atestada de gente que esperaba el cruce. Estaba volviendo a su casa y no quería tener un disgusto. Con la luz a su favor avanzó y no llegó a ver a la muchacha que cruzaba en la mitad de la calle. Sintió un golpe y un mar de gente que se le venía encima desde la esquina.

            Se bajó aturdido por los gritos y los insultos. Mientras esquivaba algunas piedras y golpes sin entender demasiado vio a una muchacha, cubierta malamente con una bolsa negra, sobre el pavimento mojado. No se movía. Lo sorprendió percibir que ya no llovía. Alguien, a su lado, habló de una víctima propiciatoria. Entonces recordó los augurios de uno de los meteorólogos.


                                     


 

Simone Souza

Tarde perfecta para hacerte una visita 




perfect afternoon to make a visit



                    







Jorge Rueda



                                                 EL YATE
Agosto, verano, la brisa que venía con el mar refrescaba las noches; de día, las playas de arena blanca casi transparente estaban atiborradas de bañistas que hasta caminar no había por dónde. El azul del mar se veía matizado con tonos diferentes de colores verdes; calmado oleaje, apenas se percibía cuando se estrellaba contra los muros que las retenían de las paredes principales de detrás de salida de los hoteles. Cordones rojos, anaranjados, azules, amarillos intensos, separaban lo que les correspondía como playa privada entre hotel y hotel; ya en la orilla, el mar era de todos: Mujeres jóvenes, bellas, con cuerpos para bikinis, otras en bikini, pero su flácida piel los ocultaban. Hombres con atléticos cuerpos, ya los de cincuenta, sosteniendo respiración para ocultar sus abultados abdómenes, niños de todas las edades, hasta de escasos meses se veían en los brazos de sus jóvenes madres y los abuelos de ambos sexos que a las sombras de los paraguas multicolores permanecían contando sus historias largas a los bañistas que entraban o salían para sus habitaciones.
Una noche cualquiera...a lo lejos lo divisaron, el agua brillaba por el destello de las luces, y a medida que se acercaba, parecía que el mar venia cansado de transportarlo. Causo algarabía, nunca se había visto un yate que por sus luces interiores prendidas dejaba ver su tamaño....Los curiosos se acercaron, lo rodearon; el exterior era de un blanco inmaculado. Lo extraño es que ningún marinero bajo al muelle, solo el capitán que con una sonrisa, y llevando la palma de su mano a la frente, saludo a los curiosas al estilo militar, reviso las orillas y amarro el yate. Sus acharolados zapatos nuevamente subieron las escaleras y se perdió de la vista, lo mismo la escalera que fue subida electrónicamente hasta que se perdió en una de las paredes del mismo yate, el cual quedo cubierto, cobijado con el resplandor de la luna. Todas las luces desaparecieron, excepto una, la que parecía ser la cabina de mando.
Fue acontecimiento, ya muy temprano en la mañana había gente del pueblo contemplando la blanca nave, lo caminaban con ojos curiosos por todos los lados, señoras, hombres mayores y jóvenes, niñas y sus mamas que las tomaban de la mano; los más ancianos cuchicheaban, solo rumor se escuchaba de sus voces. De pronto, la gente al escuchar un ruido como de robot, se quedaron parados y mirando como por esa boca que se abre ante sus ojos aparece vomitando los escalones que el capitán uno a uno estaría bajando, con el control en la mano, lo dirige a la boca abierta del barco y la escalera nuevamente se encoge ante la vista de los sorprendidos lugareños y algunos turistas que ya empiezan a abordar botes mucho más pequeños que los llevaran a sus correspondientes destinos ya programados por la única compañía que presta ese servicio de turismo en el pueblo. El hombre que bajo del barco impecablemente vestido de blanco de pies a cabeza, sigue de largo y se pierde dentro de un taxi que lo esperaba en la pavimentada doble vía llamada avenida del muelle.

                                  





El comentario de las mujeres sobre el dueño del lujoso Yate que atracó en puerto, fueron excitantes, es BELLÍSIMO, decían todas, el sueño de algunas, el hombre ideal, rico y con Yate; le calculaban una edad de unos 55 años y muy bien puestos, musculoso, de cuerpo atlético, cabello rubio, ojos del color del mar y el bronceado que tenía lo hacía lucir un hombre dorado, como una barra de oro.
A su partida, todo el pueblo quedó perplejo, lo que parecía una relación de amor de entrada por salida en esos 15 días de estadía del YATE, se solidificó; Carlos Andrés, su nombre de pila, la subió a su destino en su partida, a un país europeo. Ella, exuberante, bien dotada, había ganado el corazón de aquel rico forastero; madre soltera, su esposo le había abandonado a su propia suerte con tres hijos pequeños, una niña y dos varones.
El menor apenas la tenía en su mente, en su subconsciente, la recordaba vagamente, hoy con sus 25 años cumplidos quería saber de su muerte; la cual ocurrió el mismo día que abordó el Yate, 22 años antes. Nunca una respuesta satisfactoria por la desaparición de ella, la única información que tenía de boca del BELLÍSIMO, fue que su madre, se dejó caer en estado de embriaguez a las aguas del océano infestadas de tiburones, los cuales no dejaron rastro de su cuerpo.
Los años subsiguientes a su desaparición, los niños quedaron bajo la protección de Carlos Andrés, quien los adoptó y educó en su país natal. No todo fue color de rosas para ellos; a medida que fueron creciendo, mentalmente fueron abusados y esclavizados, esto, creó en ellos odio e incertidumbre, desde ese mismo día en que subieron con su madre al Yate, estaban en las garras de aquel señor, marcando así el resto de sus vidas, de sus destinos.
Los fines de semana, como era costumbre, se reunían los cuatro y se embarcaban a los adentros del mar, el deporte de la pesca era del gusto de todos, así los enseñó, así los educó y así, 22 años después, se encontraban a la deriva, como aquel fatídico día. No alcohol, no cigarrillos, los hombres y hasta la mujer, su hermana, exhibían cuerpos atléticos; el deporte era el hobby de todos, él con aproximadamente 75 años de edad, parecía aún de 55, exitoso con su negocio de siempre, una agencia de adopciones para niños, con clientes muy importantes del Jet Set de muchos países del mundo.
Entrada la noche, Carlos Andrés y el menor de los hijos de aquella deslumbrante, bella y desafortunada señora, se encontraban alistando todos los tejemanejes para lo que sería el próximo día de pesca; solos, rodeados por la inmensidad del océano, acompañados por la oscuridad, la brisa, y el olor a mar…Cuando el BELLÍSIMO se ubicó en la popa, el joven pescador al observarlo recibió un flash, su memoria le indujo a presenciar una película; regresó a su infancia, recordando aquella fatídica noche en que perdió a su madre; se vio detrás de ella, pequeño, llorando, llamándola, recordando cómo se aferraba a la bota del pantalón del verdugo de su madre, la llevaba a rastras, aún recuerda los gritos ahogados de ella, como quejidos, como lamentos, pues él le cubría la boca con sus fuertes manos, las lágrimas no se hicieron esperar, ahogaron sus pupilas y sus recuerdos, y vio, recordó, como aquel hombre al que llamaba papá, empujaba a su madre al océano; su cuerpo transpiraba, su camisa se empapaba, dio pasos al frente, calmo, en silenciosos sollozos, caminó y observo el asesino de su madre, estaba parado, absorto, como en éxtasis, prestando atención a el regalo de la naturaleza, el encuentro y el beso que el infinito del mar daba a la luna. El joven miró al oscuro tapete del firmamento, y observó como las estrellas al unísono resplandecieron destellantes, como nunca vistas, celebrando el momento en que el BELLÍSIMO es empujado al océano, siendo únicas testigos, como lo fueron, aquella noche fatídica.